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Finalidad del Instituto

 


 

El fin que nos proponemos es doble: Por un lado, un fin universal, por el que buscamos la Gloria de Dios y la salvación de las almas. Por otro lado (fin específico), comprometemos todas nuestras fuerzas para inculturar el Evangelio, o sea para prolongar la Encarnación en todo hombre, todo el hombre, y en todas las manifestaciones del hombre, de acuerdo con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

Fin universal

Como todo Instituto de vida consagrada, tenemos un fin universal y común –que suele denominarse vocación– por el que queremos seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, para que entregados por un nuevo título a su gloria, a la edificación de su Iglesia y a la Salvación del mundo, consigamos la perfección de la Caridad por medio de la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. De este modo deseamos unirnos de modo especial a la Iglesia y a su misterio.
Existe también un fin universal propio de todo instituto de vida religiosa, el cual no es otro que la consagración total de nuestra persona, manifestando el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo anticipado de la vida del Cielo.
Esto se manifiesta en que formamos una familia, emitimos votos públicos y vivimos una vida fraterna en común. El testimonio público que queremos dar conlleva un apartamiento del mundo.

Fin específico

Queremos, como fin específico y singular, dedicarnos a la evangelización de la cultura, es decir, trabajar para transformar con la fuerza del Evangelio
-los criterios de juicio,
-los valores determinantes,
-los puntos de interés,
-las líneas de pensamiento,
-las fuentes inspiradoras,
-los modelos de vida de la humanidad;
para que estén imbuidos de la fuerza del Evangelio
-los modos de pensar
-los criterios de juicio
-las normas de acción,
pues no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II ha señalado que: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (Gaudium et Spes, 43) y ello se debe en gran medida a que el mundo se ha ido separando y distinguiendo, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización, lo cual ha conducido a la descristianización de la cultura.
 
 
 

  

 

 

Istituto del Verbo incarnato ©2009